miércoles, 20 de marzo de 2024

Spa Psiquiátrico.

 1- Cárceles de seda. (Diario I)


Busco la punta del hacha, pero de esa que corta, ésta mañana me vieron haciéndolo y me preguntaron porqué lo hacía, les dije, “para ver donde hay mas filo, y así poder cortarme…” sus caras de ojos vacíos ante el estupor de mi respuesta, les consagró un tinte de desespero, ya ninguno sabía qué decir, que hacer y donde ir a parar...fumaban todos en el patio, bajo el sol, y las miradas se cruzaban con silencios vacíos, las pastillas de la mañana la tarde y la noche, nunca faltaban, y ellos las reclamaban…



“…marionetas vacías,

Marionetas sin caras,

Marionetas, 

Sin suspiro,

vacío,

respiro,

Marionetas, sin alivio.”

Se dieron vuelta y siguieron mirando al sol, fumando sus cigarrillos, uno cortó la conversación, con: 

-¿me das un mate?  

-¿querés que me mate?.

 

La muerte era un tema del que no se hablaba mucho, se veía en las caras, de pastillas y de angustia.

Después corrió una brisa, que me trajo hasta mi misma, habría deseado tanto poder decirles a todos el placer que me daban sus caras de pánico, al mostrarles que me quería cortar, hubiera deseado poder contarles de aquel deseo, pero sólo me callé…


Al atardecer, la misma rutina empezaba a temblar, las risas ya no aparecían por aquel lugar y todos estaban en la suya, nadie se fijaba si había alguien más…pero había otros a los que sí, y demasiado. Fue entonces, cuando me puse a pensar que había en cada persona una especie de burbuja, en la que se movía cada uno de ellos de manera particular, algunos hablaban verborragicamente, otros casi no pronunciaban palabra, iban por el sólo hecho de que sus pies se movían; uno detrás del otro. Y yo, desde aquel espejo, me guardaba imágenes para crear historias.


Recuerdo un desayuno en el día de la bandera…


El encorvado joven, a quien nunca le hable ni le pregunte su nombre, llegó después de las 9.00 hs.  al comedor, donde todos nos sentábamos en mesas de 4/5 personas, el comedor tenía un empapelado de flores como peltres sobre un rosa viejo y suave. Las sillas eran más bien de un estilo afrancesado de los años 50.   

Llegó caminando como apurado, siempre estaba apurado y con la cabeza mirando hacia el piso. Pero sus pasos eran pesados, él estaba pesado, tenía un cuello inmenso, eso era lo que más llamó mi atención y muy pocas veces le pude ver los ojos. 

Esa mañana la “mucama” como le decía la Moni le sirvió el café con leche en la taza y le dijo a ver “Santi” y él sólo atinó a decir, “Franco”, Ah Franquito perdón, ¡¡¡¡¡es muy feriado hoy!!!!!, y le llevó tostadas en una panera, y un platito (de esos de mesas de hotel plateados) con dulce y manteca.

El joven encorvado, agarró el cuchillo, (comencé a observar-lo detenidamente) su respiración era fuerte y circular, tomaba aire por nariz y lo soltaba por nariz mientras sacaba un gran trozote manteca del plato y la chantaba sobre una tostada pequeña y blanquecina, de esas de pan francés.

Habrán pasado unos 5 minutos de toda aquella escena, pero no podía dejar de preguntarme quién era.

Luego, llegaron las pastillas, éstas venían en una bandeja que repartía el enfermero de guardia, dentro de unas cajitas simpáticas somáticas y pequeñas, que tenían un rótulo arriba con el apellido, creía estar en una película, las imágenes eran más, y el pasado condenaba mis recuerdos, sabía que aquel lugar se las traía, pero no podía más que seguir los pasos uno detrás del otro y seguir caminando por aquellas paredes gruesas de las cuales no entendía nada.







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